Divididos en Tucumán - Un show muy intenso, con distorsiones al palo

La “aplanadora del rock” cumplió con su público en el club Floresta, y se despachó con su conocido repertorio en el que incluyó dos temas nuevos. No faltaron el set acústico y los enganchados de Sumo.
Ricardo Mollo subió al escenario y mientras Diego Arnedo se colgaba el bajo y Catriel Ciavarella se sentaba tras la batería, dejó su mochila a un costado, se sacó el chaleco negro y agarró la guitarra. Sin más preámbulos, empezó a sonar “Cajita musical”.
Divididos llenó de rock fuerte la noche tucumana y aunque al principio el público se mostró frío y distante, poco a poco empezó a entrar en ritmo y a participar con más fuerza en el show.
En el arranque, en el cuarto y quinto puesto de la lista de 24 temas que tocó el trío, se ubicaron las dos nuevas canciones que la banda adelantó para los tucumanos. “Hombre U”, un rock contundente, muy a lo Divididos y con esos aires apacibles que suele usar el grupo cuando además de golpear el pecho con sus bases busca introducir a quien lo escucha en ese juego de ensoñación que tan bien le sale. Después se escuchó “Buscando un ángel”, un tema de la más clásica y pura cepa de la “aplanadora del rock”, que empezó a levantar a la gente que se abarrotó en el club Floresta.
Al presentar esos dos temas Mollo saludó y pidió perdón por la demora en la salida de un nuevo disco (más de seis años) y de sus visitas a la provincia (más de dos años y medio). A esa altura, los desperfectos del sonido, que sólo habían evitado entender lo que él decía, empezaron a superarse. Esta vez, una empresa tucumana de audio y luces pudo mostrar que no sólo lo que llega de afuera es bueno, aún cuando el recinto sea bastante defectuoso en su acústica.
Pasada casi media hora de show, la fiesta ya estaba calentita entre ese público variopinto que sigue a Divididos, en el que se cruzan políticos y funcionarios con músicos y artistas, empresarios, comerciantes, chicos de la secundaria y de la universidad, con desempleados y profesionales. Y todos cantan y saltan con la misma energía.
Los buzos al aire, los coros a voz en cuello y las chicas trepadas a los hombros de los muchachos, así lo indicaban cuando se escuchó “Vida de topos” y a continuación “El arriero” en esa versión que hace de Mollo un guitar hero único, que con las cuerdas tensadas hasta el extremo del estremecimiento acompaña la densidad de la letra de don Atahualpa Yupanqui.
En una de las tantas ceremonias de cambio de instrumentos, Mollo aprovechó para repetir, como siempre que llega a Tucumán, que el norte argentino es mágico, que le gusta mucho. Y desde abajo, la gente entonó el siempre presente cantito “teque teque, toque toque” que recuerda los orígenes de Divididos, allá cuando también aparecieron Las Pelotas tras la disolución de Sumo.
Las palabras del guitarrista eran para permitir el inicio de “Vientito de Tucumán”, en el arranque del segmento acústico que a criterio del periodista Alejandro Díaz, resultó “delicioso”. Cuando en ese formato el power trío tocó “Brillo triste de un canchero”, el productor Gabriel Fulgado, responsable de la fiesta, comentó sorprendido que “hasta de sentados te despeinan”. Pero él se tuvo que alejar para tratar de calmar a un muchacho que había sido trompeado por su novia, cansada ella del asedio de su cargoso acompañante que pretendía obligarla a mostrar la piel para hacer pública su satisfacción con el momento que estaba viviendo.
A esa altura Tony Molteni, el cantante de Karma Sudaca, estaba exhultante: finalmente estaba viendo a Divididos, una de sus bandas favoritas en un “showzazo”, era el día de San Antonio, y su Estudiantes querido le había ganado a Godoy Cruz, favoreciendo al “santo”.
Entre “Salir a asustar” y “Salir a comprar”, se abrieron las puertas para la rockeramente correcta “colada”, y el espectro del público de la banda se completó en un nivel de armonía insuperable, al mismo tiempo que la cantina se quedó sin vasos y Mollo empezó a anunciar su despedida, cuando todavía se sabía que restaba el popurrí de Sumo, entre otras canciones. Así terminaron redondeándose los 40 minutos restantes de las 2 horas y 10 minutos de show intenso y distorsiones al palo.
No hubo simulación de despedida. Dijeron chau, con reverencias, y arrancaron con el set final que además de clásicos suyos le puso la frutilla al postre con esos enganchados de Sumo que incluyó una zambullida de Mollo hacia el vallado, para saludar gente. Eso mientras Arnedo, rodeado por una muralla de equipos de bajo, y Ciavarella, al mando de su bata de acrílico naranja transparente, les daban sacudones a las cajas torácicas.
Cuando las luces del club se encendieron, Jorge logró rescatar la lista de temas, escrita en cuatro páginas encintadas y con letra grande, y la escondía en la mochila para que no se la quiten. Salió, como el resto de los asistentes. Tranquilos y felices. Así terminó todo, con el corazón a punto de estallar y ganas de más. Como debe ser.
“Nos vemos en Amaicha!”, fueron las palabras que pronunció Mollo cuando todos partían, y que quedaron repicando en las cabezas que mantienen firme la inolvidable puesta del sol en los Valles.




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